La luz dormida
Amanece un nuevo día en Iverna. Tersalla
percibe la luz dulce y cálida que poco a poco va envolviendo su cuerpo. Otro
día soleado, se dice a sí misma. Siente que el mundo se le cae encima con todo
su peso, pero trata de autoconvencerse de que aún hay razones para levantarse y
afrontar un nuevo día, aún quedan rayos de esperanza que alumbren el camino.
Su brillante cabello negro ondea resbalando
por su espalda. Es la noche que cae cubriendo el día de su luminosa y fina
piel. Su mirada otea vacía el horizonte, con unos ojos muertos que nunca
vieron. En su rostro un haz de luz anuncia el alba, si aparece su tierna y
cálida sonrisa.
Tersalla es la melancolía sumergida en sus
pensamientos. Siempre parece triste, distraída, perdida en sus mil fantasías. A
pesar de ello no es una chica solitaria, su rostro se ilumina agrandando su
sonrisa cuando escucha la voz de alguno de sus numerosos amigos.
La fragilidad y delicadeza de su cuerpo
esbelto esconden la fortaleza de un alma que ha tenido que pelear demasiadas
batallas. Siempre atenta a los que la rodean, pues su enorme corazón no le
permite actuar de otra manera. Es la luz que alumbra las vidas que comparten su
camino. Una luz perdida en la oscuridad. Una luz creativa que a través de los
sentidos que le quedan construye el mundo, las personas y los seres que lo
habitan. Una luz inextinguible y obstinada que mantiene su fulgor, aunque las
dificultades traten de apagarla.
La ilusión la posee con cada iniciativa para
ayudar a los demás, para cambiar el mundo, pero es pesimista en el día a día.
Como no serlo al observar la redundante rutina, la población adoctrinada, la
gente que ya no habla, si no que es atrapada en las redes del progreso que
enjaulan al ser humano, aislado en la vorágine del mundo virtual del consumismo
que le consume.
El repetitivo resonar irritante de los
despertadores de sus vecinos replica reclamando la atención de sus dueños. A
esta insistente retreta se suma el rugir rabioso de su estomago recordándole
que ya no hay nada en la nevera. Lo único que le queda es resignación, así que
se la come a cucharadas; pues aún quedan diez días para recibir su escuálida
ayuda por la minusvalía que padece.
Todavía recuerda cuando, además de la ayuda
recibida, trabajaba vendiendo cupones, o ilusión, como a ella le gustaba decir.
Mas en los tiempos que corren, la gente necesita todo su dinero para alimentar
y engordar a los bancos, de lo contrario, serán devorados por ellos. Así que ya
no quedan sobras para permitirse soñar.
Como cada mañana, Tersalla acude al banco del
tiempo para tratar de cambiar sus habilidades por comida u otros servicios. Es
su forma de sobrevivir. Conocer esta iniciativa le ha permitido seguir teniendo
luz y agua corriente en casa, ya que gracias a ella, el poco dinero que gana lo
puede invertir en pagar las facturas. El problema es que la gran mayoría de la
gente no participaba en esta opción, dificultando conseguir buenos
intercambios. La gente quiere ganar dinero porque con dinero se podía
sobrevivir en este sistema, el resto de alternativas les parecían fantasías
quiméricas, restos de un pasado que nunca funcionó. Así, la población era
exprimida y las alternativas ridiculizadas. La utopía ya no hacía caminar a
casi nadie, era algo inalcanzable en un mundo que ya no sueña ni sé mueve, si
no es por cosas concretas, rápidas y cercanas.
Al llegar al antiguo edificio, sede del banco
del tiempo, se percató de una presencia. El corazón se exaltó ante la duda,
¿era él? Un mar de sensaciones recorrió su cuerpo, condensándose en el pecho.
Sí, era él, era su inconfundible aroma y su silencio característico lo que le
delataba.
-
¿Unai?
-
Algún
día tienes que confesar que tu ceguera es una tapadera, ¿cómo si no podrías
saber que estoy aquí?- Unai siempre bromeaba con la ceguera de Tersalla.- He venido
a buscarte, hemos preparado una asamblea en la plaza para buscar alternativas a
los recortes que han realizado en sanidad. Sé que ese tema es uno de los que
más te interesan y que no me perdonarías no avisarte.
Tersalla sonrió al comprobar lo mucho que su
gran amigo la conocía. Ella era una chica que solía pasar desapercibida y Unai
era especial para ella, se alegró de ir junto a él a la céntrica plaza en la
que realizaban todas las asambleas.
Al llegar al lugar notó una gran tensión en
el ambiente, no sabía que pasaba y Unai no le contaba nada, estaba extrañamente
enmudecido. Notaba la rabia que desprendía a través de su acelerada respiración
y sus movimientos bruscos.
La gente estaba agitada, confusa, nerviosa,
asustada, enfadada. El ambiente era aterrador.
Margot acudió temblorosa, fuera de sí, poseída por el pánico.
-
Tersalla
¡vámonos de aquí!, ¡ahora! Esto está repleto de policías dispuestos a cargar
contra nosotros.- La arrastraba por la plaza, cuando empezó el caos. Se oían
insultos enfurecidos, gritos de rabia, ira, terror, pavor. Una chica lloraba a
lo lejos, otra con la voz quebrada descargaba su furia convertida en insultos.
La multitud les empujaba como un mar embravecido, zarandeadas de lado a lado y
entonces, entonces comenzaron los disparos. No tuvo tiempo de reaccionar cuando
una luz roja relampagueó en su mente, un fuerte pitido ocultaba el bullicio
cada vez más lejano, el suelo desapareció y Tersalla se precipitó a la nada.
No sabía qué había pasado, ni cuánto tiempo
había transcurrido. Recordaba el caos, la nada oscura que la engulló. Abrió los
ojos y despertó en un mundo blanco inmaculado, en la nada clara, todo vacío,
como si el universo hubiera sido borrado y ya sólo existiese ella. “¿Estaré
muerta? ¿Qué es esto? ¿Habrá acabado todo?” Trato de incorporarse pero le fue
imposible, estaba atada:
-
¿Por qué
estoy atada? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¡Soltadme! ¡Soltadme! ¡Dejadme
salir! ¡Socorro! ¡Ah! – gritó, y la oscuridad la engulló de nuevo empujándola
al sueño.
Volvió a despertar abriendo lentamente los
ojos, la luz cegadora la encontró desprevenida. “¡Puedo ver!” La impaciente luz
no daba tregua a sus ojos, que se llenaban de imágenes a medida que se iban
acostumbrando a la claridad. Las curiosas lágrimas quisieron asomarse a
compartir la emoción del momento.
“¡Cuánto colorido! Esto es precioso, un
regalo, nunca imaginé poder ver algo así, o poder ver algo. Pero, este lugar…
Yo no he estado nunca aquí”. Decidió explorar un poco el entorno, palpando con
sus manos el recorrido para cerciorarse de su suposición. Este no es mi mundo,
todo es diferente, el tacto es diferente, el olor, todo.
Tras andar un tiempo comprobó con desagrado
que el lugar en el que había amanecido no era más que un oasis en medio de un
desierto inmundo. El oasis flotaba sobre el desierto, succionando la energía,
la luz y el color. Mientras que aquella isla flotante era un lugar hermoso,
lleno de vida y color; el desierto era una superficie monótona y gris en el que
unas personas sin rostro se afanaban en trabajar hipnotizadas para alimentar al
mundo superior. Buscan las fuentes vitales del planeta y las conectan con unas
enormes aspiradoras que absorben el aliento del planeta para mantener viva su lujosa isla artificial.
“No puede ser, un mundo nuevo y las mismas injusticias”
Tras un impulso pasajero de quedarse a disfrutar por una vez de las comodidades
del lujo, decidió bajar a tierra y conocer lo que pasaba de primera mano.
Cuidadosamente se descolgó por el tubo de una
aspiradora y fue deslizándose por él hasta alcanzar una altura desde la que
poder saltar sin peligro de hacerse daño y sin riesgo de ser descubierta.
-
Tienes
rostro- Dijo una voz tras ella. Tersalla estaba asustada, no esperaba ser
descubierta tan pronto- Vienes de la isla, ¿no sabes que es peligroso bajar
aquí?
-
No soy
de aquí, no conozco este sitio, quería ver por qué existen estas grandes
diferencias entre la pequeña isla y el vasto desierto de abajo.
-
Conocer
el por qué de las diferencias entre los de arriba y los de abajo, ambiciosa
misión. Muchos se lo han preguntado a lo largo de la historia. ¿Dónde reside la
moralidad que permite esto? ¿Somos todos iguales? ¿Es el poder el que nos
corrompe o somos corruptos al acecho del poder? ¿Por qué lo permitimos?
¿Queremos ser como ellos o somos ignorantes? Quién sabe.-
Tersalla
se giró poco a poco para ver quién le estaba hablando. Era un hombre extraño,
por delante era de colores suaves y una cara amable mientras que por detrás era
de colores vivos como el fuego negros, azules eléctricos, rojos y una mirada
capaz de fulminar al más osado guerrero.
-
Pero,
¿qué ha pasado aquí? ¿Siempre ha sido así?- Se aventuró a decir al fin
-
No,
antes era diferente- Las nostalgia con la que la parte amable de aquel hombre
miraba al horizonte se podía transmitir, al mismo tiempo, su otra mitad se
encogía rabiosa- Antes esto estaba lleno de vida, el planeta administraba su
energía para crearnos a todos los seres que habitamos este lugar. Al morir, le
devolvíamos la energía que se reutilizaba en una eterna espiral. Nosotros éramos
como tú pequeña. Hasta que llegaron ellos, unas sanguijuelas que se creían
mejores que nadie y engañaron a todo el mundo. Sembraron el odio, la envidia,
dividieron a la gente mediante espejismos. Aparecían en cualquier superficie
reflectante para manipularnos convenciéndonos de que no podíamos ser felices si
no teníamos 50 vestidos, 3 naves
flotantes, un castillo en la playa o yo que sé cuantas necedades. Hicieron
creer a la gente que el trabajo era un medio por el que conseguir las riquezas
que anhelaban, que su felicidad dependía de los objetos que consiguiesen
invirtiendo sus vidas en trabajar, aunque eso supusiese hipotecarlas a bajo
precio. Nos volvimos egoístas y poco a poco fuimos perdiendo el rostro, porque
nuestros ojos ya no veían la realidad, nuestros oídos no escuchaban a nadie,
nuestra boca no buscaba comunicar nada. Unos pocos sobrevivimos como engendros,
mitad rabia por lo que hemos vivido, mitad ansias de paz y de conseguir ese
mundo.
-
Y ¿por
qué no hacéis algo?
-
¿Crees
que es tan sencillo? Años de guerras, muertes, represión, torturas. Busca el
camino para poner fin a todo esto y te seguiré encantado. Es imposible. La
gente adormilada nos culpa a nosotros y sueñan con ser como sus amos. Borregos
que aspiran a pastor. Otros tienen miedo y han construido una ciudad escondida
en algún lugar bajo el desierto, viven en la miseria, sin apenas comida, con
sus manantiales de agua contaminados y sufriendo terribles guerras por los
pocos recursos que les quedan. En realidad a nadie les importan, son los
olvidados. ¿Quieres ayudar? ¿Quieres ver? Ven conmigo.
Tersalla acompañó a aquel extraño hombre
hasta la ciudad olvidada, de camino iba pensando en todo lo que aquel hombre le
había dicho y en qué podía hacer ella para mejorar aquel mundo.
La ciudad olvidada era un recóndito lugar cuya
entrada estaba oculta en el fondo de un abismo. Allí en lo más bajo de aquel
mundo habitaban personas que no tenían nada, olvidados y escondidos para no
remover conciencias, aunque ellos preferían vivir así que en la superficie.
Estaban cansados de servir de conejillo de indias en los experimentos de los
habitantes de la isla flotante, cansados de guerras sin sentido. Allí,
apartados del mundo, habían aprendido a vivir.
Compartían lo poco que tenían, los niños correteaban
y jugaban alegres con amplias sonrisas. Algunos aprendían de los adultos, que
se encargaban de realizar las diferentes tareas que mantenían la ciudad en
marcha. Los ancianos eran la fuente de sabiduría, que habían acumulado durante toda la vida, aprendiendo de la
tierra o Madre, como ellos la llamaban. La escuchaban y ella les iba revelando
los secretos para aprovechar la fuerza vital del planeta.
Pero esta fuerza se estaba agotando,
exprimida por los avariciosos seres de arriba. La estaban matando consumiéndola
sin equilibrio, sin control, sólo para poder vivir entre lujos sin apenas
esfuerzo. Para poder vivir tan cómodamente, queriendo más y más cada día,
estaban matando a Madre y al resto de seres vivos.
Una de las ancianas se acerco a Tersalla.
Aparentaba tener cien años por lo menos.
-
Pequeña
Tersalla, mi nombre es Yaria. Madre nos
ha avisado de tu llegada, por eso mande a Efrón a buscarte. Él es el
cascarrabias que te ha traído hasta aquí. Es de las pocas personas despiertas
que aún no se ha consumido por el fuego de la ira. De las pocas que aún
viviendo en la maltrecha superficie no ha sido seducida por los conjuros que te
quitan los sentidos y los órganos que los reconocen.
-
¿Buscarme?
¿A mí? ¿Por qué?
-
Madre
dice que vienes de un mundo lejano, con problemas parecidos a los nuestros, un
mundo en el que se han olvidado ya de cómo invocar a la naturaleza y convivir
con ella en armonía. Dice que traes ideas de fuera y que eres la única que nos
puede iluminar el camino para salvar a Madre y salvarnos a nosotros mismos.
-
¿Yo?
Pero si ni siquiera sé cómo arreglar este tipo de situaciones allí de donde
vengo, si sólo soy una chica, una extraña aquí, no conozco nada de lo que aquí
sucede. Los problemas se parecen, sí, pero las cosas son muy diferentes. ¿Islas
flotantes? ¿Fuentes de energía? ¿Fuerza vital? Magia, brujería, gente sin
rostro, gente que refleja la paz y el odio en un mismo ser, y por último
vosotros, personas escuálidas que vivís bajo tierra sin luz solar, ¡yo no
comprendo nada de este mundo!
-
Aprenderás,
Madre dice que puedes, que sólo tú puedes ver sin tener ojos, los hechizos y
las mentiras no te afectarán, que solo tú tienes buenas intenciones y no
intentarás hacerte con el poder que arriba, en la Isla podrías ostentar. Madre
cree en ti y nosotros también.
Yaria
se llevo a Tersalla y le fue explicando cómo podían sobrevivir en aquel
inhóspito lugar. Mediante conjuros, aprovechaban el fuego interior de la tierra
para calentar y dar la luz suficiente a los escasos cultivos. De ellos sacaban
lo necesario para comer y vestirse. Sabían controlar el flujo del agua, el poco
aire que llegaba.
-
Si
podéis manejar todos estos elementos, ¿por qué no los utilizáis contra los que
os oprimen desde la isla?- preguntó Tersalla
-
No solo
nosotros los dominamos, algunas personas como Efrón, que aún tienen la dualidad
entre la paz y la ira, vencidos por el odio intentaron hacer lo que tu propones
y fueron aplastados con las mismas fuerzas que usaron para atacar.- Los ojos de
Yaria se llenaban de lagrimas mientras pronunciaba estas palabras.- Debes tener
cuidado, la violencia no es el camino, muchos han perecido inútilmente, aunque
la causa fuera justa. No se puede construir un mundo justo y pacifico por medio
de la violencia, está te hace creer fuerte y poderoso discriminando a todo
aquel que no crea en lo que haces, al final te corrompe y te conviertes en
aquello que tanto odiabas. El camino para crear no puede ser destruir.
Tersalla se debatía entre cuál debía ser el
camino. ¿Cómo se puede por la vía pacífica cambiar las cosas cuando la
situación en sí ya es violencia? Aprendió todo lo que pudo de Yaria y del resto
de ancianos y subió a la superficie con la misión de cambiar ese mundo,
asustada, sabiendo que ella era insignificante, que no era nadie.
Sabía que no podía usar los medios
convencionales para hablar con las personas sin rostro. Tenía qué averiguar
cómo hacerlo, cómo despertar esa luz que yacía en su interior y les sumía en
las tinieblas de la esclavitud sin esperanzas.
No iba sola, la acompañaban una marea de
personas, las personas que se debatían en la dualidad. Las que no se
conformaban con permanecer escondidos sin apenas recursos ni ayudando a los
pocos que exprimían a Madre.
Los primeros días acudía a donde la gente sin
rostro trabajaba y trataba de comunicarse con ellos. Sin éxito, pero sin
rendirse volvía cada día hasta que al fin, un día, vio que le prestaban
atención. A través de su interior y utilizando la fuerza vital de Madre envió
sus palabras desde su mente a las mentes de quienes allí se encontraban.
-
Bien
Tersalla, has encontrado la forma de llegar hasta ellos- susurro Efrón
asombrado
Tersalla comenzó a explicarles lo que estaba
ocurriendo, desde su punto de vista, con sus palabras, sin tener demasiados
conocimientos, tan solo los que le habían podido transmitir en la ciudad
olvidada. Algunos comenzaron a escuchar, se acercaban a ella, incluso parecía
que iban adoptando una expresión en su rostro vacio, como si sus palabras
fueran capaces de romper el hechizo que les mantenía dormidos.
De repente, sin que supiese de dónde habían
salido, surgieron una jauría de personas con cuerpos musculados y enormes
cabezas de perro con mandíbulas descomunales. Algunos se situaron amenazantes
en torno a Tersalla, asustándola, otros mordían y golpeaban a todo el que la
escuchara.
Las victimas se iban agolpando heridas en el
suelo mientras aquellas bestias acometían una y otra vez sin piedad. Tersalla
estaba asustada “¿cómo se puede responder a esto con pacifismo?” Quería huir,
se sentía pequeña, insignificante, ella no era de las que querían morir por una
causa, quería vivir construyendo un mundo mejor para todos pero disfrutando de
él. Entendía que hubiese gente que optase por privarse de todo y vivir en la
miseria bajo el vasto desierto. Con los escasos recursos que podían obtener de
Madre.
Como replica a sus pensamientos la dualidad
de sus acompañantes se perdió. Tersalla se dio cuenta de que todos habían
escuchado sus divagaciones a través de Madre. La ira había vencido, y
encendidos con la luz del odio que todo lo llena de sombras amenazantes se
enfrentaron a las bestias que cargaban contra los hombres sin rostro.
¡Pelear!- Gritaban- Es el único camino. No
dejéis que os pisen. Ellos son los violentos. No puedes parar sus mandíbulas
con palabras.
La sangre corría regando el yermo territorio.
Por un lado destrozaban las aspiradoras que succionaban la fuerza vital. Por
otro lado los sin rostro corrían despavoridos. Unos consumidos por la ira
machacaban a uno de los guardianes que temblaba y aullaba dolorido con el miedo
grabado en sus ojos. Otros desgarraban la carne de inocentes que no les había
dado tiempo a huir. Había quien trataba de escalar a la Isla privilegiada que
estaba intacta, ajena a todo cuanto acontecía bajo ella. “Otra vez el caos.
¿Esto lo he causado yo?” pensaba Tersalla removida por la culpa. “Tiene que
acabar, no sé cómo, pero tiene que acabar.”
Al final, como siempre sucede, tras la
tormenta vino la calma. En medio del desastre la luz que había en Tersalla se
fue apagando por la desesperación de lo que había vivido. Entonces empezó a ver
borroso, cada vez la oscuridad se ceñía más y más sobre ella. “¡No puede ser!
¡Vuelvo a estar ciega!” A lo lejos el viento le trajo la voz de Yaria:
-
La luz
está asustada. No dejes que el miedo venza y te quite la esperanza. No puedes
construir algo nuevo ni con violencia ni con miedo. Conserva la fe en ti misma
y recuerda no estás sola en el mundo.
Las palabras de Yaria resonaban en su
conciencia y entonces comprendió. Comenzó a hablar de nuevo usando a Madre. A
medida que construía su discurso el paisaje refulgía y Tersalla ganaba
confianza.
Habló otra vez a todos los habitantes del
planeta, esta vez no les hablaba de cómo se aprovechaban de ellos o como les
utilizaban y engañaban. Esta vez les habló de que existía la posibilidad de
crear un mundo nuevo, de qué Madre estaba exhausta y moriría de seguir así, y
todos con ella. Les habló de que ella no les podía salvar que ella era una
persona más. El cambio estaba en todos y cada uno de ellos. Ellos podían
construir un mundo desde el respeto y la horizontalidad, les habló de cómo
vivían abajo, en la ciudad olvidada.
-
Sois
muchos más, los de arriba no podrán seguir exprimiendo a Madre si vosotros no
colaboráis, si os limitáis a vivir en una comunidad dónde nadie sea más que
nadie, donde todos tengan acceso a los bienes básicos. Está en vuestra mano, no
pueden acabar con todos, no sigáis obedeciendo sus órdenes injustas. No
consiste en atacarlos, sino en no ser cómplices de su egoísmo. Vosotros podéis
construir ese mundo sin ellos, ellos no pueden seguir conservando sus
privilegios si nosotros no los legitimamos.
Tersalla resplandecía emanando una luz valiente
y contagiosa, que iba tocando a todos los habitantes de aquel mundo
devolviéndoles el rostro, despertándoles de su letargo, mostrándoles el camino
que les sacará de la fina línea entre el amor y el odio.
Aquella luz regeneradora emanaba fuerza y
vitalidad, crecía a medida que tocaba a la población y poco a poco la gente se
fue sumando, repitiendo el discurso y siendo fuentes de su propia luz. Esta
volvía a Madre que la repetía con más fuerza y en el desierto comenzó a crecer
vida.
Poco a poco el paisaje iba cambiando, el desierto
desaparecía al ser rellenado por los oasis que se expandían por todas partes. Los habitantes de la ciudad olvidada
acudieron a la llamada, subiendo a la superficie y uniéndose a la luz vital que
ya envolvía todo.
En su inmensa avaricia, los habitantes de la
isla quisieron robar la luz enérgica que desprendía Tersalla. No podían parar
el nuevo cambio, no podían prescindir de todos los habitantes, la ira y la
rabia les consumía. Entonces, en un último aliento, descargaron todo ese odio
hacia la heroína en forma de rayo. Tras hacerlo desaparecieron entre llamaradas
sangrientas y oscuras junto a su isla artificial. No sabían apreciar un mundo
que no podían dominar.
Por desgracia, el rayo fue certero y fatal su
consecuencia. La luz de Tersalla se apagó, pero ahora los habitantes sabían que
entre todos podrían construir un mundo mejor. Un mundo justo en el que
trabajasen cooperando para que nadie tuviese menos que nadie, para que todos
tuviesen lo esencial. Comprendieron que la felicidad no estaba en las cosas que
uno posee si no en los pequeños momentos buenos que la vida da y en tener gente
con quien compartirlos. Ya no soñaban con aquella isla de lujos, para qué
hacerlo, el mundo que habían creado era aún mejor.
Al día siguiente celebraron un ritual para
devolver el cuerpo de Tersalla y su alma a la fuente vital de Madre,
despidiendo entre lágrimas a aquella que les mostró el camino y que no pudo
disfrutar del resultado por la envidia de unos pocos. La incineraron y tiraron
sus cenizas junto a un lago que reflejaba la luz solar. Al hacerlo, nació
mágicamente el árbol más bello que hubiese habitado el planeta alguna vez, sus
hojas parecían estar pulidas y hacían un efecto espejo rebotando luces
coloridas en todas las direcciones. Ese fue el homenaje de Madre a Tersalla y
su luz perdida.
En Iverna Margot lloraba. No podía creer que
nunca volviese a hablar con su mejor amiga, ellas eran casi como hermanas. Unai
no había pasado los primeros días por el hospital, pero ahora le vencía la
preocupación. Tersalla llevaba mucho tiempo inconsciente y sus constantes
vitales amenazaban con el desafortunado fin. Él era más orgulloso que Margot y
ocultaba su dolor con bromas desafortunadas, pero su rostro evidenciaba el
miedo a perder a su gran amiga, a su amor, no había tenido tiempo de decirle lo
mucho que significaba para él.
En los últimos días Tersalla había estado
conectada a maquinas para mantenerla con vida, ahora le habían retirado la
sedación e iban desconectando las maquinas poco a poco. Si no resistía, sería
el fin de una gran persona.
-
Se está
moviendo- dijo Margot
-
¿Estás
segura?- Unai ya no se creía ni una palabra, la ilusión que Margot tenía de
volver a hablar con Tersalla le había jugado más de una mala pasada, creando
falsas esperanzas.
-
Esta vez
sí, esta vez es cierto, observa.
Tersalla se fue despertando, el mundo estaba
sumido en una luz oscura pero familiar, los olores también eran cercanos,
aunque apestaba a hospital.
-
Yaria,
¿qué ha pasado?
-
Tersalla,
¡estás bien! ¡Has vuelto!- Margot estaba eufórica.
-
¿Estoy
en Iverna?, ¿todo ha sido un sueño? ¿Eres tú Margot? Unai, ¿tú también estás
ahí?- El corazón de Tersalla latía con fuerza, lanzaba preguntas pero ya
conocía las respuestas. Aún recordaba la plaza, la policía, los problemas de su
mundo, el caos.
Sabía que en la vida real no habría magia, ni
una luz que regenerase el mundo y diese libertad a la humanidad. Aún así la luz
de Tersalla estaba despierta, sabía que el cambio empieza por uno mismo. A
partir de ahí, sólo hay que compartirlo y enseñarlo para construir entre todos
el camino, despertando la luz dormida.
Fin
La luz dormida by Tania Faturechi is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Podéis darme vuestra opinión, así podré mejorar. Muchas gracias por leerlo.
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